El ayuno explicado por Dallas Willard

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En unas semanas más comenzaremos un ayuno congregacional como iglesia. Buscando materiales me encontré con este escrito que es parte del libro «El espíritu de las disciplinas» de uno de mis autores favoritos, Dallas Willard.

Tal vez tu ya tienes bastante práctica en la disciplina del ayuno o tal vez nunca lo has practicado. Creo que los siguientes párrafos te pueden aportar una mirada interesante respecto a esta práctica espiritual. Te dejo el texto transcrito a continuación:

Al ayunar nos abstenemos de alguna manera significativa del alimento y también de la bebida. Esta disciplina nos enseña mucho acerca de nosotros mismos con mucha rapidez y podría resultar humillante, al revelarnos cuánto depende nuestra paz de los placeres al comer. Podrá también ayudar a que nos demos cuenta de cómo usamos el placer de la comida para aliviar las incomodidades causadas en nuestro cuerpo por las formas de vida y actitudes poco sabias, como la falta de autoestima, el trabajo sin sentido, la existencia sin propósito, o la falta de descanso o ejercicio. Si no hace nada más, sin embargo, ciertamente demostrará cuán poderoso y hábil es nuestro cuerpo para lograr lo que quiere, aún en contra de nuestras más fuertes determinaciones.

Existen muchas formas y grados de ayuno. Los padres del desierto, tal como San Antonio, a menudo subsistían por largos períodos de tiempo con pan y agua, aunque debemos comprender que su «pan» era mucho más sustancial de lo que tenemos hoy. Daniel y sus amigos no comieron la comida del rey ni bebieron su vino, solo consumían verduras y agua (Daniel 1:12). En otra ocasión, Daniel pasó tres semanas como si estuviera de luto: «En todo ese tiempo no comí nada especial, ni probé carne ni vino, ni usé ningún perfume» (10:3). Jesús, en el tiempo de su preparación para la tentación y el ministerio, parece haber prescindido de todo alimento por más de un mes. (Mateo 4)

El ayunar confirma nuestra dependencia total de Dios al encontrar en él una fuente de sustento más allá del alimento. Por medio del ayuno aprendemos por experiencia que la Palabra de Dios es para nosotros una substancia de vida, que no es solo el alimento («pan») que da vida, sino también las palabras que proceden de la boca de Dios (Mateo 4:4). Aprendemos que nosotros también tenemos carne para comer, la que el mundo no conoce (Juan 4:32, 34). El ayunar es por tanto un festín para nuestro Señor, un banquete con él, al hacer su voluntad.

La poeta cristiana Edna St. Vincent Millay expresa el descubrimiento de este «otro» en su poema titulado «Banquete»:

Bebí cada viña,
Cada sorbo fue como el primero.
No encontré vino alguno
Tan maravilloso como la sed.
Roí cada raíz.
Comí de cada planta.
No encontré fruta alguna tan maravillosa como la necesidad.
Entrégale la uva y la legumbre
Al viñatero y al vendedor;
Yo me acostaré liviana
Con mi sed y mi hambre.

Por tanto cuando Jesús nos dirige a no estar afligidos y tristes si ayunamos (Mateo 6:16-18), no nos está diciendo que engañemos a los que nos rodean. Al contrario, nos está explicando cómo nos sentiremos, pues en realidad no estaremos tristes. Estamos descubriendo que la vida es tanto más que la comida (Lucas 12:33). Nuestro vientre no es nuestro dios, como lo es para otros (Filipenses 3:19; Romanos 16:18); más bien, es su siervo gozoso y el nuestro (1 Corintios 6:13)

En realidad el ayuno es una de las formas más importantes de practicar la negación de sí mismo requerida de todos los que quieren seguir a Cristo ( Mateo 16:24). Al ayunar, aprendemos cómo sufrir con contentamiento al disfrutar de Dios. Y es una buena lección, porque en nuestra vida sí sufriremos, no importa qué otra cosa nos ocurra. Tomas de Kempis comenta: «Quienquiera que sepa cómo sufrir mejor tendrá la mayor paz. Ese hombre a se ha conquistado a sí mismo y es señor del mundo, el amigo de Cristo y heredero del cielo».

Las personas acostumbradas a ayunar como práctica sistemática tendrán un sentido claro y constante de los recursos que Dios les entrega. Y eso les ayudará a sufrir privaciones de todo tipo, aún hasta el punto de saber afrontarlas fácil y alegremente. Kempis dice enseguida: «Absténgase de la glotonería y les será más fácil abstenerse de todas las inclinaciones de la carne». El ayuno enseña la temperancia o autocontrol y por tanto nos enseña la moderación y la compostura con respecto a todos nuestros impulsos primarios. Ya que el alimento ha ocupado un lugar tan preponderante en nuestra vida, los efectos del ayuno serán difundidos por toda nuestra personalidad. En medio de todas las necesidades y deseos, experimentaremos el contentamiento del niño que ha sido destetado del pecho de su madre (Salmo 131:2). Y «gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento» (1 Timoteo 6:6, RVR 1995)

El ayuno, sin embargo, es una disciplina difícil de practicar, pues consume toda nuestra atención. Pero cuando lo usamos como parte de la oración o el servicio, no podemos permitir que eso ocurra. Cuando una persona escoge el ayuno como disciplina espiritual, debe practicarlo lo suficientemente bien y a menudo, para llegar a ser experimentado en él. Solo la persona que esté bien habituada al ayuno sistemático como disciplina, puede usarlo efectivamente como parte de un servicio directo a Dios, como en tiempos especiales de oración u otro servicio.

Fuente original «El espíritu de las disciplinas: Cómo transforma Dios la vida», Dallas Willard, Editorial vida

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